Las ollas a presión, conocidas en su momento por su arriesgado diseño, tienen una historia interesante. Durante la Segunda Guerra Mundial, se animó a los estadounidenses a envasar sus alimentos, lo que propició un auge en su uso. Esta tendencia continuó después de la guerra, generando una gran demanda de ollas a presión. Sin embargo, la rápida producción durante este período a menudo comprometía la calidad y la seguridad. Un modelo típico de la década de 1950, por ejemplo, tenía una sola válvula propensa a obstruirse. Esto podía provocar que la junta de la olla reventara bajo presión extrema, a veces incluso expulsando la tapa.